Lourdes Luengo » enero 12, 2016

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Influencia del estado de ánimo en la alimentación

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En numerosas ocasiones nos hemos planteado preguntas tales como por qué comemos más cuando estamos aburridos o, por el contrario, por qué se nos cierra el estómago cuando nos ocurre algo malo. Pero, ¿qué vínculo existe realmente entre el estado de ánimo de una persona y su relación con la comida?

Empezaremos por aclarar a qué nos referimos cuando hablamos de conducta alimentaria. Con esta definición se hace alusión a todas aquellas acciones que se establecen entre la persona y los alimentos (comportamiento normal con la selección de los mismos, su proceso de elaboración, elección de las cantidades…). El patrón alimentario de una persona empieza a forjarse desde el inicio de su vida y va moldeándose con el paso del tiempo. Una vez que este está definido resulta complicado cambiarlo, por lo que es de vital importancia transmitir pautas de alimentación saludables desde edades muy tempranas.

La forma que tenemos de comportarnos ante la alimentación es el resultado de la experiencia directa con los alimentos en el entorno familiar principalmente, a través de la imitación de los modelos más cercanos (habitualmente los padres), la disponibilidad de alimentos que tengamos, etc.

Pero, ¿hay una gran influencia de los estados emocionales en la relación que tenemos con la alimentación? La respuesta es clara, sí. Nuestros estados de ánimo, como pueden ser la alegría o la tristeza, así como los rasgos de personalidad que poseemos influyen de un modo determinante en la relación que tenemos con la comida. Ello se refleja en hechos como, por ejemplo, comer más cuando se está aburrido o ansioso o, por el contrario, perder el apetito cuando se posee un estado de ánimo depresivo.

Este tipo de comportamientos pueden llegar a convertirse en patrones estables de relación con la comida que pueden desembocar en un trastorno alimentario. Ya que, a pesar de que la ingesta puede funcionar como un medio a corto plazo para hacer frente al malestar emocional a largo plazo puede convertirse en un mal hábito que impide a la persona afrontar sus estados de ánimos de la manera correcta.

Resulta por todo ello primordial transmitir a los más pequeños, desde edades muy tempranas, relaciones adecuadas con la comida con el objetivo de evitar que una mala relación con la misma pueda desembocar en problemas alimentarios.